La poesía como invitación
- José Manuel Nuñez

- 3 nov
- 2 Min. de lectura
Acerca de El equilibrio de Callistemon

Hay placeres chiquitos, como ver el tren que pasa o la lluvia por la ventana. El (frágil) equilibro de Callistemon me hizo pensar en esos momentos de contemplación. Enhebra sentidos, lugares y personas; juega indiferencia como si las palabras cayeran solas, pero cada una es precisa y no sobra. La poesía de Vanesa coquetea con el pudor de la mirada que se esconde detrás de un abanico, con la promesa de lo que vendrá.
Los temas (los gatos, la gente, la naturaleza) son mundanos y varían, queda la mirada que contempla y descompone los instantes triviales del cotidiano. Hace algo que me gusta mucho de otras escritoras como Atwood o Munro: agarra el haz de luz y la abre en todos los colores que la componen. O la hace brillar con suavidad. Acá se entiende mejor qué quiero decir:
La virgen traslúcida
cambia el color
no escucho tu voz
veo las cosas donde estás
La gata en el árbol de paltas
baja por la luz del jazmín
miro los destellos
Esta es Atwood:
but you can feel
those crystal hands, stroking
the air around your body
till the air glows white
and you are like the moon
seen from the earth, oval and gentle
and filled with light
Últimamente la ficción y la poesía se llenaron de yo: yo veo, yo opino, yo pienso de que. Y esos yo no suelen inventar belleza ni verdad. En ese contexto, el libro de poemas de Vanesa es una invitación que relaja. Los clichés están (la naturaleza con sus flores y árboles, los gatitos, la abuela que ya no) y no importan, porque quiero saber cómo los ve y los escribe. No hay nada mejor que lo trivial bien contado, un chisme, y yo quiero saber por qué late ese corazón.
